Podría estar refiriéndome a la mantequería de la calle Aragó, o tal vez podría estar recordando el ya cerrado "menjador de Can Ravell", pero en realidad me inspira esa rebotica ya desaparecida, muerta de éxito.
Debió ser a principios de la década que terminamos cuando me acostumbre a ir a Can Ravell. En la entrada, unos estanterías abarrotadas de productos deliciosos, de los que nutren incluso al verlos. Maltas épicos, como Benrromach, o Caol Ila, brandys de Jerez y Málaga, cognacs franceses, calvados, rones centenarios fabricados en una Cuba aún española, salmón, quesos, embutidos, especies, cacaos, sales (flor, gema del himalaya), vinos de cualquier parte.
Si consigues atravesar este espacio, llegabas a una gran mesa, de unos 3 o 4 metros de largo y con bancos a ambos lados.
Llegabas y te sentabas, se comía a mesa corrida. Yo iba con Carles y Neus, a quienes debo tanto. Una vez me toco al lado unos famosos periodistas radiofónicos y humoristas catalanes. Era el día de Sant Jordi, y habían coincidido con una poetisa de San Sebastián, que había venido a Barcelona a firmar libros. Poco a poco, y con la soltura que da el vino y la buena mesa, aquella pobre mujer se fue metiendo en las fauces del lobo, recitaba sus poemas para mayor burla de todos los presentes, siguiendo el guión no escrito de los bufos. Cuando marcharon, la poetisa me toco a mi, e intente que entrase en contacto con la realidad. Fue imposible. Que chicos tan simpáticos, me decía.
Otra vez me tocó un grupo de turistas americanos, que habían llegado hasta allí siguiendo los pasos de alguna buena guía. De ellos recuerdo la cara de susto cuando el camarero les trajo medio cordero en un plato de hierro. Se diría que hubiesen preferido una hamburguesa.
En el Menjador de Can Ravell, restaurante pijo, finolis, caro, y cerrado, comí en cierta ocasión, que susto. Tengo la costumbre de dar a elegir los vinos a mis acompañantes, en este caso era un cliente que no se andaba por las ramas. Quiso el azar que la carta acabase en mis manos. Si en Can Ravell hay una botella que llevaba el precio de 1.000.000 de pesetas, más para decorar que para otra cosa, en esa carta había varios vinos de 600 euros, y de 1.000, y de más. Que espanto, ¡oiga, que es un cliente! ¡no me tiro a su mujer! Un servicio de porcelana muy delicado, con grandes bordes decorados con pan de oro, una cubertería de plata, alpaca o simulando esos diseños barrocos y una cristalería fina, completaban la ambientación. Una comida demasiado refinada para mi limitado paladar.
De la fusión de la mesa corrida y el rstaurante de tiros largos, nace el nuevo Can Ravell, en la misma ubicación de la mantequería, pero en el piso de arriba. Se accede atravesando el mismo espacio, por el final de la tienda, pasas por donde se ubicaba la mesa original, el principio de todo, dicen que las estanterías que rodeaban la mesa original, los clientes guardaban sus propias botellas de licor, para los chupitos del final. Después atraviesas parte de la cocina, una escalera de caracol y apareces en el comedor.
Hay varias salas, comedores privados, y una sala grande con multitud de mesas clones a la original. Pero claro, ahora llegas, y como hay varias y no están llenas, no te sientas al lado de nadie, inauguras tu propio espacio. Si alguien más lo usa, es en el otro extremo, dificilmente se intercambia palabra con comensales ajenos.
La comida sigue siendo tan deliciosa como la del Ravell original, sencilla y basada en un producto de gran calidad. Servida en la sofisticada vajilla, algo desportillada ya, del Menjador. Al menos algunos platos, de repente, vienen con esa ancha orla de oro. Precio cerrado del menú, pero es un menú caro, y lo existe el peligro de que vinos o licores lo encarezcan notablemente.
Es un lugar curioso, de los que me alegra decir que conozco, y al que sin duda volveré, aunque para compra productos para paladar delicado, siempre fui más del Murria, me confieso culpable, también he comprado en Ravell. Can Ravell, Aragó 313. http://www.ravell.com, teléfono 934575114.
sábado, 2 de mayo de 2009
Can Ravell
Podría estar refiriéndome a la mantequería de la calle Aragó, o tal vez podría estar recordando el ya cerrado "menjador de Can Ravell", pero en realidad me inspira esa rebotica ya desaparecida, muerta de éxito.
Debió ser a principios de la década que terminamos cuando me acostumbre a ir a Can Ravell. En la entrada, unos estanterías abarrotadas de productos deliciosos, de los que nutren incluso al verlos. Maltas épicos, como Benrromach, o Caol Ila, brandys de Jerez y Málaga, cognacs franceses, calvados, rones centenarios fabricados en una Cuba aún española, salmón, quesos, embutidos, especies, cacaos, sales (flor, gema del himalaya), vinos de cualquier parte.
Si consigues atravesar este espacio, llegabas a una gran mesa, de unos 3 o 4 metros de largo y con bancos a ambos lados.
Llegabas y te sentabas, se comía a mesa corrida. Yo iba con Carles y Neus, a quienes debo tanto. Una vez me toco al lado unos famosos periodistas radiofónicos y humoristas catalanes. Era el día de Sant Jordi, y habían coincidido con una poetisa de San Sebastián, que había venido a Barcelona a firmar libros. Poco a poco, y con la soltura que da el vino y la buena mesa, aquella pobre mujer se fue metiendo en las fauces del lobo, recitaba sus poemas para mayor burla de todos los presentes, siguiendo el guión no escrito de los bufos. Cuando marcharon, la poetisa me toco a mi, e intente que entrase en contacto con la realidad. Fue imposible. Que chicos tan simpáticos, me decía.
Otra vez me tocó un grupo de turistas americanos, que habían llegado hasta allí siguiendo los pasos de alguna buena guía. De ellos recuerdo la cara de susto cuando el camarero les trajo medio cordero en un plato de hierro. Se diría que hubiesen preferido una hamburguesa.
En el Menjador de Can Ravell, restaurante pijo, finolis, caro, y cerrado, comí en cierta ocasión, que susto. Tengo la costumbre de dar a elegir los vinos a mis acompañantes, en este caso era un cliente que no se andaba por las ramas. Quiso el azar que la carta acabase en mis manos. Si en Can Ravell hay una botella que llevaba el precio de 1.000.000 de pesetas, más para decorar que para otra cosa, en esa carta había varios vinos de 600 euros, y de 1.000, y de más. Que espanto, ¡oiga, que es un cliente! ¡no me tiro a su mujer! Un servicio de porcelana muy delicado, con grandes bordes decorados con pan de oro, una cubertería de plata, alpaca o simulando esos diseños barrocos y una cristalería fina, completaban la ambientación. Una comida demasiado refinada para mi limitado paladar.
De la fusión de la mesa corrida y el rstaurante de tiros largos, nace el nuevo Can Ravell, en la misma ubicación de la mantequería, pero en el piso de arriba. Se accede atravesando el mismo espacio, por el final de la tienda, pasas por donde se ubicaba la mesa original, el principio de todo, dicen que las estanterías que rodeaban la mesa original, los clientes guardaban sus propias botellas de licor, para los chupitos del final. Después atraviesas parte de la cocina, una escalera de caracol y apareces en el comedor.
Hay varias salas, comedores privados, y una sala grande con multitud de mesas clones a la original. Pero claro, ahora llegas, y como hay varias y no están llenas, no te sientas al lado de nadie, inauguras tu propio espacio. Si alguien más lo usa, es en el otro extremo, dificilmente se intercambia palabra con comensales ajenos.
La comida sigue siendo tan deliciosa como la del Ravell original, sencilla y basada en un producto de gran calidad. Servida en la sofisticada vajilla, algo desportillada ya, del Menjador. Al menos algunos platos, de repente, vienen con esa ancha orla de oro. Precio cerrado del menú, pero es un menú caro, y lo existe el peligro de que vinos o licores lo encarezcan notablemente.
Es un lugar curioso, de los que me alegra decir que conozco, y al que sin duda volveré, aunque para compra productos para paladar delicado, siempre fui más del Murria, me confieso culpable, también he comprado en Ravell. Can Ravell, Aragó 313. http://www.ravell.com, teléfono 934575114.
viernes, 1 de mayo de 2009
El Suquet
He quedado con Luís y José, me he entretenido y ya llevan unos minutos esperando en la puerta de mi oficina. Así que me apresuro a salir y poner rumbo al Suquet. Hacía años que no comía en este clásico de la zona. Unos 10 años. Recuerdo de la última vez unas albóndigas con sepia mientras discutíamos los pormenores de una de las mayores operaciones comerciales en las que me he visto involucrado con quizá el mejor cliente que he tenido, si bien no por su volumen sí por su carácter y disposición a hacer negocios.
Ahora el cliente es otro, y las discusiones más ásperas, pues hay que sacar adelante una serie de temas aunque nos cueste, pero no tengo duda que somos la gente adecuada para salir adelante.
la conversación fluye mientras observamos la carta, un menú de tapas y ensaladas como entrantes y unos segundos que suenan atractivos. Un aperitivo, me pido una mixta, compartimos unos buñuelos de bacalao, unas habas salteadas y unas gambas al ajillo. De segundo, por recuerdo del arroz de verduras de la Mifanera, me pido la paella de verduras, postre, en mi caso unos profiteroles con chocolate caliente. Un café y una copa de magno, que es viernes. Unos 20 euros. No está mal.
Las tapas, de corte clásico y elaboradas con oficio, pero el arroz, sin estar malo, pues no era lo mismo. La decoración, rústica, clásica y no demasiado lógica, todo se tiene que decir.
Como me queda muy cerca, tengo la impresión que este reencuentro feliz se va a repetir en breve.
El Suquet está en la calle Valencia, 153, http://www.elsuquet.com, teléfono 934536844.
La Mifanera
En chino, mi fan significa arroz cocido, apelmazado, para poder comerlo a su gusto, con palillos. Tan popular es esta suerte de arroz en China, que igual que los ingleses tienen un electrodoméstico exclusivo para hervir agua para el té (a saber para qué usan el microondas)los chinos disponen de un aparato eléctrico exclusivo para cocer arroz, por regla de tres, si lo que hace batidos es una batidora, lo que hace "mi fan" llamémoslo "mifanera"... No sé si la Real Academia estará de acuerdo.
En éste templo del arroz de Barcelona tuvo lugar el último miércoles de abril la reunión ON3, con gran alegría por mi parte, al volver a encontrarme con Susana y Carmina.
Por la mañana, en el tren, me tropecé con Lluis y al salir del restaurante bajé andando con Raquel. Como quién no quiere la cosa, comentas en voz alta alguna anécdota, afortunadamente buena, de Lluis, y mira por dónde, amigo íntimo de Raquel. Y es que el mundo es un pañuelo.
Unas tapas son la excusa para iniciar la comida, nosotros hemos pedido las bravas a su estilo. No son las mejores de Barcelona, pero son curiosas. Un día debería hacer un post dedicado a las bravas. Las más curiosas que he comido, en el Arola, el restaurante del Hotel de les Arts. En La Mifanera elaboran una especie de parmentier, posiblemente pochando patatas en aceite de girasol tibio. Elaboran la parmentier, así lo imagino yo, pasando las patatas escurridas por un pasapuré, le añaden una yema de huevo, sazonan, y baten para que quede bien cremoso. Con esa mezcla rellenan los óvalos de una cubitera, le ponen una gota de salsa de tomate picante en su interior y sellan con la misma mezcla. Una vez helada la masa, la desmoldan y fríen. Las sirven acompañadas de allioli, todas iguales.
Unos rollitos de primavera, la verdad es que bastante buenos y un arroz de verduras han sido la comida elegida del menú, breve pero agradable. Entre los demás comensales ha triunfado el risotto de espárragos. De postre piña natural. Un vino de aragón (campo de Borja), coupage de garnacha y shyra, realmente adecuado, pan, agua, café y un servicio eficiente han completado una comida por la que hemos pagado una media de 17 euros. Increíble.
Todo rico, todo en su punto y lo más impresionante, a pesar que quien me conozca le cueste creerlo, todos los platos de mi servicio volvieron a la cocina sin una pizca de comida. Me lo acabé todo, hasta el último berro de la guarnición. O bien tenía mucha hambre, o bien estaba todo muy rico.
La compañía, como siempre, lo mejor. JJ es el responsable de organizar ON4, espero impaciente su convocatoria.
La Mifanera, arrossos del mon, está en la calle Sagués, 16. Teléfono 932405912.
domingo, 26 de abril de 2009
El mirador de La Venta
Ya puestos, podría haber dedicado el post al célebre La Venta, pero desde hace unos años que descubrí el Mirador, cenar en La Venta se me antoja una catacumba. Y no porque se cene mal, sino por que sabes que arriba se está mejor. La verdad es que la zona de la plaza del Dr. Andreu en la que viví tantos momentos agradables en mi primera juventud, ahora está un poco olvidada, ya no subo tanto. Habíamos cenado en La Venta un grupo de amigos, yo bajaba del brazo de Gloria, mujer hermosa, bien podría haberse dedicado a modelo. Facciones marcadas de aire oriental, melena rubia de leona y con más costas que un archipiélago ¿Dónde nos tomamos la copa? En el antiguo Partycular, que viejos somos, se llamó la bolsa y ahora se llama Danzatoria, creo. La última vez que entré casi me da un vahído al bajar unas escaleras y aparecer en una sala llena de humo, a oscuras y con los flashes estroboscópicos a toda mecha. De parada pasamos por el coche de uno del grupo. Lleva cava fresco y brownies de chocolate. Así que nos entregamos a nuestro botellón improvisado. Yo observo, la gente que hace cola en el Danzatoria debe tener la mitad de años que yo. Deben pesar la mitad, y llevan la mitad de ropa. Ellas, tirachinas, ellos luciendo la marca de sus calzoncillos. No me veo en esa cola. Una retirada a tiempo es un victoria. Mirablau, mucho mejor... Especialmente una vez que conseguimos atravesar la pista que temblaba por el terremoto de sus bafles y encontramos refugio en la terracita. Por fin, cómodos y con un destornillador en la mano, wodka con naranjada.
Lo mejor del Mirador de la Venta son sus vistas, que también podemos encontrar en la terraza del Mirablau, o en el Marbeyé, pero aquí se cena de fábula. En julio, cuando la ciudad se cuece al vapor, subir a cenar hasta aquí supone tener unos grados menos de temperatura, estar agradable sin necesidad de aires acondicionados, con Barcelona tendida a los pies.
Inconvenientes, varios, empezaremos por el precio, no menos de 70 euros. Seguiremos por aparcar el coche. Yo no me conduzco, pero los camareros van preguntando. Un Audi 4 de color negro, ¿Es suyo? y eso quiere decir que la guardia urbana está al acecho. Lo mejor es poder tomar la copa enfrente, sin mover coche. Cómo todo, tiene puntos a favor y puntos en contra. Lo peor, que tengas mesa en un mirador, pagues por mirador, y te sienten de espaldas o con mal ángulo a la vista... Te dan de cenar bien, cocina mediterránea, pero con este precio tampoco es muy meritorio. Llamaría más la atención lo contrario.
El Mirador de la Venta está en la Plaza del Doctor Andreu, justo encima de La Venta, con la que comparte entrada. Teléfono 932126455.
martes, 21 de abril de 2009
Out of china
Quedamos a comer en un chino y eso para mi no es un buen comienzo. Los chinos de Barcelona, con honrosas excepciones, incluidas las tiendas de todo a 100, son un paraíso del plástico dorado con purpurina y rojo pasión. Unos platos que dejan poco lugar a los maniáticos como yo.
Recuerdo una vez, a la salida de Fira de Barcelona, haber ido a un chino por la zona de la Avenida Mistral, dudaba entre el pollo con almendras o el cerdo con setas y bambú. Le pregunté a la camarera que parte del cerdo servían, no sé si usan lomo, solomillo o los pies del animal. Meeeeeec, error. Yo era muy joven entonces, y muy bobo. Ahora jamás se me ocurriría hacer esa pregunta por varias razones. La primera, la camarera es china, no entiende una palabra de lo que pregunto, pero se afana en responderme "celdo picadito" y algo así como "calne de lata" y me imagino yo al marrano, gruñendo, mientras quince chinos lo meten de cabeza en una picadora, que luego lo envasa en latas. Bueno, tráigame el pollo, porque las setas y el bambú suelto, ¿No es posible? Mejor me trae solo las almendras.
A ver, que yo no como Kosher, ni Khal-al, pero un mínimo de normas de higiene, dime tiquismiquis, tengo. Y de un chino, no me gusta ni la decoración de la puerta, ni los nombres, tipo "gran muralla" o "templo dorado de la cigüeña parda un día de primavera que amaneció nublado".
Otro misterio es el chino del P. Pi i Margall, he entrado un par de veces, sin público. El antiguo chino de la calle Font Honrada, en Poble Sec, en los 20 años de funcionamiento (y que entré varias veces a por tabaco, siempre estaba abierto) jamás vi un cliente comiendo, es más, los camareros respingaban cuando entraba y respiraban aliviados cuando les pedía tabaco, anda que les llego a pedir un cerdo agridulce y el susto que se llevan -¿Pelo has matado tu al gualo?-. Y me pregunto, cómo pueden funcionar esos negocios. La pregunta es retórica.
Por eso Out of China fue una sorpresa agradable. No tiene dragones a la entrada, ni pagodas de cartón piedra. Tampoco esos dibujos de garzas volando o reposando en un lago con nenúfares (el chino que tenga el copyright de esa estética debe ser más rico que Bill Gates).
Out of China es un local moderno, de estética minimalista, con un menú chino, nadie es perfecto, pero dentro de mis normas ético gastronómicas. El precio es un poquito más alto que otros chinos. La cerveza es china. El sistema de hacer el pedido, curioso, solo apto para iniciados, una ficha tipo test que rellenas en la mesa. Siempre queda la emoción de saber que traerán. Si traen algo, claro, poco servicio para un local enorme y bastante abarrotado. Pero así charlas con las camareras o juegas con ellas al Pictionnary, o al veo-veo ¡Que estoy aquí! Y todo por el mismo precio, un chollo. Pero es un chino, y es distinto, a Jaume le gusta. Merece la pena visitarlo, al menos una vez. A mi me gusta más la paella de verduras que el arroz tres delicias.
Después de haber negado a Jaume 3 veces, como San Pedro a Cristo, fui a comer con él para confirmarle que, efectivamente, seríamos compañeros de trabajo nuevamente.
Tengo que recuperar una crónica de La Vanguardia que hablaba de los primeros restaurantes chinos de Barcelona, y la primera familia de restauradores de esa nacionalidad que se afincaron entre nosotros. Lo leí, pero no me quedé con los nombres, creo que RosiHu, en la calle Rocafort, aunque cambiado de dueños, sería de los primeros, eso me parece recordar pero puedo estar totalmente equivocado.
Out of China, rompe algunos tabúes de los restaurantes chinos y los acerca a mi pequeño occidente de normalidad, está ubicado en la calle Muntaner, 100, a la altura de Valéncia. Teléfono 934515555. Otro día hablaremos de otro curioso fenómeno de nuestro tiempo, ¿Qué es gallego por fuera y chino por dentro?
domingo, 19 de abril de 2009
El Menjador (Casa de comidas)
Pepe me cuenta que le ha pedido a su padre, casi octogenario, que no conduzca más. Y es que ya casi no le quedan reflejos. Me refiere el caso de un conductor octogenario que se desoriento en la gasolinera y se reincorporó en sentido contrario al de la marcha en una autopista. Eso me lleva a recordar cómo he obtenido mis últimos certificados médico; el primero, cuando hice el curso de submarinismo, aún el médico se tomó la molestia en preguntarme por los oídos, acto seguido sin ni mirarme el blanco de los ojos, me extendió el certificado. Cuando me saqué el título de patrón de embarcación de recreo acudí a mi mutua. El médico no sabía hablar ni castellano ni catalán, más bien un castellano muy básico con un fuerte acento magrebí. Conseguí que entendiese que quería un certificado y para que lo quería. Sacó un ficha del archivador con el texto modelo, y lo anotó de su puño en el certificado, copiando mi nombre de mi DNI en el encabezamiento. No sabía ni como me llamaba, no consultó mi ficha -la anterior vez que estuve en el centro me hicieron un electrocardiograma que salió bastante mal, porque el aparato era de la Srta. Pepis, no porque yo tuviese mal el corazón- Pero no hizo falta consultar mi expediente, ni siquiera auscultarme o preguntarme el nombre. Me extendieron el certificado previo pago de 50 euros. Me pregunto, por que lo llaman salud cuando quieren decir dinero.
Con estas reflexiones y otras transcurre nuestra comida en El Menjador, casa de comidas, con un menú´básico que no me llamó la atención para nada. Pasamos al menú superior, un surtido de tapas, y un segundo a elegir, en mi caso un atún a la plancha.
Las tapas, de manufactura rancia. El atún, pasable. La copa de vino incluida en el menú, muy mejorable para el precio del mismo, 20 euros. En resumen, una decepción de garito, que está bien ambientado, pero demasiadas mesas y muy juntas. Poca profesionalidad en el servicio que eso sí, siempre se mostraron muy amables... vamos, un Mc Donalds de más énfasis, pero poco más. A lo mejor el menú del día está mejor cocinado, cuesta unos 10 euros. El sitio estaba lleno de gente, así que tan mal no se debe comer, pero yo comí regular, nada más. De postre un helado de turrón con chocolate, lo mejor de la comida, eso lo dice casi todo. El menjador está en la calle Valencia, 193, cerca de Aribau. Teléfono: 934511434.
viernes, 17 de abril de 2009
Hotel H10 Catalunya
Xavier dice: "Te espero a las 14 horas". Yo contesto: "No, mejor a las 14:15, tardaré en llegar". Xavier, que me conoce, dice "Pues avísame si sales tarde". Conmigo acaba siendo lo más práctico.
Hace ya días Xavier me comentó que había unas jornadas gastronómicas en el restaurante del Hotel H10 Catalunya, dedicadas a la cocina vasca. Tener un blog de restaurantes tiene sus ventajas. Gracias, Xavier.
No me he retrasado en exceso, y lo primero que me ha sorprendido es la estructura del hotel, una finca de vecinos reconvertida, la sala que usan como restaurante debe mantener los frescos y artesonados originales, que si bien pueden ser de un gusto discutible, tiene el sabor de una época ya pasada que resulta agradable. El restaurante estaba casi vacío, con lo que hemos podido elegir una mesa al lado de las ventanas que daban a la Plaça Catalunya con Ronda Universitat. Eso me ha recordado cuando desde otro edificio situado en Plaça Catalunya con Portal del Ángel me dedicaba a observar a los descuideros. Son tan fáciles de identificar. Por que las personas normales no cruzamos una y otra vez la calle en ambos sentido durante una hora tropezándonos cada vez... así que basta con fijarse con el que repite cruce en el mismo semáforo, siempre hay uno o dos "pescando". Que yo bajaría y le pondría un cartel encima señalando "soy yo el que te ha quitado la cartera" pero son ganas de meterse en líos.
Obliga explicarse la semana santa, Xavier, montañero de vocación, ha disfrutado de su familia a las puertas del valle del Roncal. En el pirineo navarro. Y es tal su entusiasmo cuando explica sus aventuras que siempre me quedan ganas de imitarle, si no fuera por que no tengo yo el físico para aventuras montaraces. Otra cosa interesante que he aprendido es como distinguir aves rapaces, habilidad de un montañero que sí podré poner en practica algún día, el secreto está en el tipo de cola, en triángulo, en V o en rombo, ésta última es la propia de los alimoches.
La comida vasca se mezcla en la carta del menú con otras. Un menú de corte ejecutivo por 20 euros, bien presentado y servido. Original los aperitivos, servido en formato bufette, quesos, jamón, pan con tomate, anchoas, espárragos, pimientos del piquillo, tortilla, de todo. Y para beber, botellas de cava, fino, martinis... los licores del café también están en el bufette, a no ser que alguien tome cognac en el aperitivo. Que algún inglés habrá que se tomará 3 copas de magno antes de comer, y es que ser inglés está reñido con la buena mesa.
Entre los postres también había postres euskaldunes, como la gosúa, pero yo sigo esperando encontrar un vasco-vasco en Barcelona, un sitio como el que comí en Hondarribia, que con lo que me sirvieron a mi, comimos 4. No, los vascos no son exagerados, son así. En los vascos de Barcelona, dedicados al mundo del pincho y la tapa, no deja de molestarme, por contrate, ese afán a contar palillos, más aún cuando hay palillos largos y cortos...Supongo que sabéis a que me refiero, si acaso ya comentaré alguno así y aprovecharé para evocar el montadito de pimiento y anchoa, bajando del Sagrado Corazón de San Sebastián, que nunca comí y que la Sra. Nata tantas veces evoca conmigo.
Comer en el H10 ha sido una buena idea, pero en la zona me gusta más el Visit, es más restaurante y menos hotel. El precio del menú, correcto con un buen vino de la casa de la DO Empordà cuesta unos 20 euros. El Hotel H10 está en la Plaça Catalunya, 7, al lado de la Ronda Universitat. Teléfono: 933177171.
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